Las Clarisas de la Inmaculada tienen fuertes vínculos espirituales con las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada, también de estricta observancia. Siguen reglas distintas, pero comparten la devoción a San Maximiliano María Kolbe y el voto de consagración ilimitada a la Inmaculada. Las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada llevan una vida activa, pero dedican al menos cinco horas al día a la oración. Dentro de su instituto existe también un ramo contemplativo que vive en monasterios de clausura llamados “Palomares de la Inmaculada”, donde viven unas cincuenta religiosas, casi todas jóvenes.
En el panorama de la vida contemplativa femenina, las Clarisas de la Inmaculada representan una joya escondida, un oasis de oración y silencio que continúa irradiando luz en el corazón de la Iglesia. Hijas espirituales de Santa Clara de Asís, estas monjas viven la radicalidad del Evangelio en su forma más pura: la clausura, la pobreza, la fraternidad y la adoración.
Su nombre revela ya su identidad profunda: Clarisas, es decir, herederas de la espiritualidad franciscana; de la Inmaculada, consagradas de modo especial a la Virgen María, que se convierte para ellas en Madre, Maestra y modelo de total pertenencia a Cristo. Ser “de la Inmaculada” no es un detalle ornamental. Expresa una elección precisa: vivir la propia consagración bajo la mirada y la protección de la Virgen María, imitando su pureza de corazón, su obediencia a la voluntad de Dios, su pobreza evangélica y su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo.
María es la “Puerta del Cielo”, el camino más seguro para llegar a Cristo. Por eso las Clarisas de la Inmaculada la contemplan, la invocan y la imitan a lo largo del día.